Juan

Antinomianismo

Después de unos pocos minutos, podía distinguir una figura que se aproximaba en la distancia. A medida que se acercaba era obvio que se manejaba a sí mismo con mucha confianza. Saludó a Evangelista alegremente. "Buenos días, señor. ¿Cómo está Ud.?"

"Estoy bien, gracias," respondió Evangelista, "¿Y Ud.?"

"No podría estar mejor. Es un día tan bello para viajar. ¿Se unirá a mí en mi viaje? Una compañía con quien conversar sería un placer. Mi nombre es Juan." Extendió su mano y Evangelista extendió también la suya.

Evangelista se presentó a sí mismo, pero luego continuó diciendo, "Me temo que no puedo ir con Ud."

"¿Y por qué eso?"

"No tengo deseo de ir adonde Ud. está yendo," respondió Evangelista. "Debo advertirle que este camino lleva al Abismo."

A este comentario Juan irrumpió en feliz carcajada. "Mi querido amigo, ¡siento que sus direcciones se le han confundido! Voy hacia la Ciudad. Detrás de mí está el Abismo. Ud. estará bastante seguro si viaja conmigo."

"¿Qué seguridad tiene de su dirección?"

"¿Seguridad?" contestó Juan, sorprendido. "¡La mejor! Muchas millas atrás me encontré con un hombre – estaba vestido como Ud. lo está ahora – quien me dio mis instrucciones. Dijo que si las seguía cuidadosamente, me hallaría a mí mismo, a su debido tiempo, a las puertas de la Ciudad. Dijo que yo sería aceptado con mucho gusto."

"¿Y cuáles eran esas instrucciones?"

"En realidad, no han sido tan difíciles, aunque se me ha dicho que algunos tienen problemas con ellas. Fui bautizado y he asistido a la iglesia fielmente. También he dado dinero regularmente, y he tratado de ser un buen hombre."

"Pero, ¿está Ud. seguro que su maestro estaba en lo correcto?" dijo Evangelista. "¿Cuál era su nombre?"

"No me dijo su nombre. Pero estoy seguro que dijo la verdad. Me mostró estas cosas en su Biblia. ¿No habla la Biblia del bautismo? ¿No se nos dice que nos reunamos?"

"No estoy tan preocupado con lo que él le dijo como con lo que no le dijo."

"¿Qué quiere Ud. decir?" preguntó Juan.

Evangelista respondió, "La Biblia habla de las cosas que Ud. menciona. Pero hay más. Mucho más." Diciendo esto, Evangelista sacó una pequeña Biblia negra, y la abrió. Entonces comenzó a pasar páginas calmadamente, leyendo cuidadosamente una lista de requerimientos. Era muy tranquilo y metódico. "No cometerás adulterio." "Cualquiera que mire a una mujer para codiciarla ya ha cometido adulterio con ella en su corazón." "No asesinarás." "Cualquiera que esté enojado con su hermano será sujeto de juicio." Esto continuó por alrededor de diez minutos. Mientras hablaba se miraba muy aplicado – como un hombre que cargaba un camión. Durante este tiempo Juan estaba mirando más y más angustiado. Su actitud confiada del principio se estaba desvaneciendo. Se miraba como si se hallara bajo algún tipo de carga pesada.

"Mi maestro no lo explicó de esta manera. Dijo que si yo era sincero, y que si hacía más bien que mal, sería aceptado."

"¿Le citó a Ud. el pasaje que dice 'la fe sin obras está muerta?'"

"Sí, ese es el pasaje. Allí es donde comenzó."

"Pero en ese mismo lugar el autor también dice que cualquiera que quebranta la ley en solo un punto es culpable de quebrantarla toda. Quebrantar una ley es quebrantar todas las leyes."

"¿Cómo es eso?"

"Muchos piensan que la ley de Dios es como un marco lleno de pequeñas ventanas de cristal. Piensan que si pueden ir por la vida sin quebrar la mayoría de ellas entonces estarán de lo más bien."

"Eso es correcto, ¿cierto? Después de todo, hay mandamientos que no he quebrantado."

"No, me temo que no. Este pasaje indica que la ley de Dios es más como una gran ventana de cristal de una sola pieza. Y no importa si el agujero está en la esquina superior izquierda, o en la esquina inferior derecha, o justo en el centro. La ventana todavía está quebrada."

Había una mirada de pánico en los ojos de Juan, y sus hombros estaban encorvados. Estaba respirando con alguna dificultad. Evangelista dio un paso hacia atrás. "Ahora estás enterado. Cuando llegues a la Ciudad, tendrás que probarles que has guardado todos estos requerimientos. Entonces te recibirán alegremente."

"¡Esto no es realista!" gimió Juan. "¿Esperas que llegue allá arrastrándome de rodillas? ¡No puedo guardar todos estos requerimientos!"

"Pero estos requerimientos están en la Biblia, igual que los que mencionaste primero. Te queda poco tiempo que perder. Es mejor que comiences ahora."

En este punto, Evangelista se hizo a un lado para dejar que Juan continuara su viaje. Comenzó a caminar alejándose a paso de caracol – todavía hacia el Abismo. Un momento más tarde, se regresó.

"¡Nadie puede hacer esto!"

Evangelista asintió con la cabeza. "Eso es correcto."

"Me estás diciendo que la Ciudad estará vacía. Nadie vivirá allí."

"No, eso no es correcto. La Ciudad estará llena."

Juan sacudió su cabeza. "No tiene sentido nada de lo que me estás diciendo. ¿Cómo puede estar llena de hombres una Ciudad que no pueden entrar en ella?"

"Lo que un hombre no puede hacer todavía puede ser hecho a favor de él."

Juan sacudió su cabeza otra vez. "Justo lo que necesitaba. ¡Un guía que habla en acertijos!" Entonces se volvió, y caminó lentamente siguiendo el camino. Evangelista sonrió brevemente. Era claro que esperaba ver nuevamente a Juan. Dentro de poco.