Las tres fases de la
transferencia generacional
Por Norm
Willis
La TRANSFERENCIA GENERACIONAL no ocurre simplemente. Ocurre como
resultado de planeamiento estratégico y vida con propósito. Debido a que Dios
es un Dios de orden y diseño Él sigue un orden definido para transferir la
verdad de generación en generación.
La transferencia de la verdad en lo que concierne al hombre es tanto
lineal como progresiva en su naturaleza. La verdad viene a nosotros en forma
seminal y luego se desenvuelve progresivamente en el tiempo. Tal es el caso en
la transferencia generacional. La transferencia generacional no es algo que
solo ocurre de la noche a la mañana. La transferencia de la verdad se alcanza
en fases y cada fase consiste de varias etapas.
La intención de este capítulo es describir las tres fases de la
transferencia generacional y las cuatro etapas del crecimiento espiritual que
se hallan en las tres fases.
JESÚS,
EL HIJO “ESQUEMA”
“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado... y se llamará su
nombre... Padre Eterno.” (Isaías 9:6).
Aunque Él era el encarnado Hijo de Dios, Jesús no nació en la plenitud
de su estatura. Jesús no nació completo en Su capacidad para obedecer “Y
aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia.” (Hebreos
5:8) Siendo el Hijo “esquema” Jesús estuvo sujeto al mismo programa
progresivo [en el tiempo] al que estamos nosotros. Aunque Él era Dios, fue
pasado a través de las mismas fases de transferencia. Ahora nosotros debemos
abrazar estas mismas etapas del crecimiento. Jesús nació como niño, maduró
llegando a ser Hijo y en última instancia se volvió el Padre Eterno.
En las tres fases vemos el patrón de la transferencia generacional a
través del cual todos debemos pasar. A medida que lo abrazamos, y a las
correspondientes etapas de crecimiento de cada fase, preparamos el camino por
el ejemplo para las generaciones que vienen detrás de nosotros.
FASE
I: LA NIÑEZ
“Os escribo a vosotros, hijitos...” (1 Juan 2:12) La
niñez es una bella etapa de la vida. Por su misma naturaleza está diseñada por
Dios para ser un tiempo de crecimiento y desarrollo. Entramos a la niñez no
sabiendo nada y cada día es una nueva lección llena de nueva información y
nuevo desafío. Jesús entendió esta fase inicial de la transferencia
generacional y la hizo el prerrequisito para entrar en el Reino de Dios. Él
dijo, “...si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de
los cielos.” (Mateo 18:3) Ser como niños es muy diferente a actuar
infantilmente. Sin importar nuestra edad en lo natural, debemos asumir
cualidades de niño para entrar al Reino de los Cielos.
CUALIDADES
DE NIÑO
1. Confianza simple en el hecho de ser cuidado y la seguridad que esto
trae.
A medida que los niños crecen no tienen motivo para preocuparse. Desde
el momento que nacen hasta el tiempo en que alcanzan la madurez, muchos niños
tienen sus necesidades cubiertas. Nunca se preocupan si tendrán una casa donde
vivir. Nunca se preocupan si tendrán ropas para ponerse. Nunca se preocupan si
habrá alimentos para la próxima comida. En la mayor parte, sus años primeros
son despreocupados, pues han aprendido a colocar su confianza en la habilidad
de proveer de sus padres. La habilidad de sus padres para proveer tanto a sus
necesidades naturales como espirituales inculca en ella confianza y seguridad.
El Padre nos trae al Reino de Dios como niños porque quiere enseñarnos
a confiar en Él.. Nos introduce y nos cría como niños para que podamos
experimentar de primera mano la habilidad de proveer de nuestro Padre
celestial. Nos dice que consideremos cómo crecen los lirios, que no trabajan ni
hilan. Y si así es como Él cuida de ellos, ¿cuánto más cuidará Él de nosotros?
La niñez es esa fase en nuestra vida cuando aprendemos la confianza
simple en el cuidado para proveer del Padre. Si eludimos la fase de niñez, y
por lo tanto nuestra condición de hijos, y somos lanzados inmediatamente a los
desafíos de la adultez, tendremos un fundamento inadecuado de confianza para
llenar esos desafíos.
2. La naturaleza incondicional del amor del Padre.
A medida que los niños crecen, aprenden que no pueden ganar el amor de
sus padres o comportarse en la que tratan de merecerlo. Por el primer par de
años de vida, los niños son totalmente incapaces de dar productivamente a la
familia. Las etapas iniciales de su vida consisten en comer, dormir y ensuciar
los pañales, aún así los padres están totalmente enamorados de ellos. Aunque
despiertan a los padres a mitad de la noche y se babean en las recién limpiadas
ropas, todavía son amados. Cuando crecen tienen la habilidad única de destruir
el hogar y quebrar recuerdos apreciados, y aún así los padres les aman.
¿Cómo es posible esto? Es la naturaleza del amor incondicional. El
amor incondicional, por su misma naturaleza, dice, “No puedes ganar mi amor o
actuar de tal manera que lo merezcas.” El amor incondicional ama a pesar de, no
por causa de.
La niñez es esa fase en nuestra vida cuando aprendemos la naturaleza
incondicional del amor del Padre, cuando podemos solamente recibir. Nunca podríamos
calificar para el amor del Padre; solo necesitamos aceptarlo. Cuando venimos a
Él como niños, aprendemos que Él no quiere nuestra actuación. Solamente quiere
nuestra fe y confianza. Como niños aprendemos que la gracia realmente funciona.
3. Corrección no es rechazo.
“Y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige,
diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando
eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo
el que recibe por hijo.” (Hebreos 12:5-6)
La
condición de hijo no es ausencia de disciplina, sino el abrazar dispuesto de
ella. El escritor de Hebreos nos exhorta a ver que el amor de Dios se demuestra
en Su disposición a disciplinar y corregir a aquellos que Él ama.
En la
economía de Dios la corrección es un signo de amor, no rechazo. Ignorar la
necesidad de corregir a tus hijos es un signo de tu rechazo a ellos.
David entendió esta verdad cuando dijo, “Que el justo me castigue,
será un favor, y que me reprenda será un excelente bálsamo que no me herirá la
cabeza...” (Salmo 141:5) David dio la bienvenida a la corrección como un
favor cuando se dio cuenta de la necesidad de cambio. Miró la disposición de
alguien para corregirlo como una señal de su amor y afecto, no como una forma
de rechazo.
A medida
que los niños crecen dentro del amor y seguridad de una familia, aprenden la
necesidad de corrección y no la asocian con rechazo. Crecen aprendiendo que la
corrección es una parte normal del proceso de crecimiento, con tal que se haga
en amor con el propósito de ir a madurez. Tal es el caso en el Reino de Dios.
La corrección, sea que venga de nuestro Padre celestial o de un padre
espiritual, es una amabilidad, no una forma de rechazo.
4. El
fallar es un paso necesario en el proceso de madurez.
El fallar o fracasar no puede ser separado de la niñez. A medida que
aprenden a caminar los niños fracasan en sus primeros pasos. Al aprender a
hablar, fallan en sus primeras palabras. La mayoría de sus intentos iniciales
se distinguen por el fracaso. Como niños espirituales también nosotros debemos
aprender que el fracaso es un paso necesario en el viaje hacia la madurez.
El fracaso no descalifica lo que Dios ha pre-calificado. Nuestra
pre-calificación en Dios es declarada sobre la obra terminada de Cristo, no
sobre nuestra habilidad para actuar sin errores.
“Porque siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse...” (Proverbios
24:16) Por favor, note que es el hombre justo el que cae siete veces, no el
injusto. El caer es una parte tan necesaria de nuestro viaje hacia la madurez
que aun aquellos que caminan en justicia todavía tropiezan y experimentan
fracasos.
CRISTIANOS
CON JUGUETES
No hay nada malo con la fase de niñez con tal que no te quedes aquí.
La niñez es una fase necesaria y esencial en nuestro viaje hacia la madurez,
pero no es el destino. Existen aquellos que se rehúsan a crecer, deseando
todavía los juguetes de la niñez. Aunque ya tienen cuarenta años muchos son
todavía niños cuando debieran ser padres.
El moverse a través de las etapas de niñez a hijo y a la paternidad
requiere un vivir con propósito e intencional. Uno debe actuar deliberadamente
en la vida para progresar a través de las fases de la madurez y las varias
etapas en cada fase.
Pablo lo declaró de esta manera, “Cuando yo era niño, hablaba como
niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo
que era de niño.” (1 Corintios 13:11) Las maneras infantiles no son
necesariamente maneras pecaminosas. Son formas pasadas que son apropiadas
solamente para los niños. Todos alcanzamos el tiempo en nuestras vidas cuando
es el momento de hacer a un lado decididamente nuestras maneras infantiles y
abrazar la madurez de la condición de hijo. Es aquí donde los hábitos
infantiles de irresponsabilidad son hechos a un lado y donde adoptamos la
postura del vivir responsable.
FASE
UNO: RESPONSABILIDAD: YO HARÉ: TÚ OBSERVAS
La fase 1, (Niñez), es un tiempo de crecimiento espiritual en el que
todos entramos. La niñez comienza irresponsablemente, pero termina con mucha
responsabilidad. Como padres que creemos en la necesidad de la transferencia
generacional, debemos esforzarnos para inculcar en nuestros hijos un sentido de
responsabilidad.
La niñez es aquella fase en nuestras vidas en la que somos entrenados
para abrazar niveles de más y más responsabilidad que nos preparan para la
función de hijos y padres. “Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os
dará lo que es vuestro?” (Lucas 16:12)
Para entrar a la plenitud de la condición de hijos debemos aprender la
responsabilidad de servir y cuidar lo que no nos pertenece. Aprendemos la
responsabilidad de servir en la visión de otro hombre así como Eliseo sirvió a
Elías y Timoteo sirvió a Pablo.
Es interesante darse cuenta que Adán ya tenía un trabajo antes que se
le diera una mujer.[1] Antes que se
le diera a Adán el placer de tener una mujer a su lado, se le dio la
responsabilidad de nombrar a los animales. En el Reino de Dios las obligaciones
vienen antes que el honor, la responsabilidad antes que el placer.
La transferencia generacional es el entendimiento de que Dios ha
puesto el futuro de Su familia en nuestras manos. La esencia del liderazgo es
aprender cómo abrazar la responsabilidad de la mayordomía tanto del futuro como
del pasado en la familia de Dios. Hay una continuidad histórica por la cual
debemos ser responsables y una continuidad futura en la que debemos equipar a
nuestros hijos a ser responsables.
Se entiende la responsabilidad como el reconocer representación.
Ninguna generación es auto-señalada. Toda generación sirve bajo autoridad
representada. Esto es, no nos representamos a nosotros mismos, representamos a
Jesucristo y a los propósitos de Su Reino en esta vida. Sin adherirnos a la
responsabilidad nuestra representación será mala interpretación.
A menudo la gente pregunta, “¿Qué es lo más importante que puedo hacer
para convertirme en líder?” Mi respuesta a esa pregunta es “Abrázate a la
responsabilidad.” La responsabilidad nos llevará a niveles más profundos de
intimidad con Jesús y a niveles más altos de efectividad en Su Reino. La
responsabilidad nos capacitará para decir sí cuando todo desde nuestro
interior grita no.
Me gustaría poder decir que he hecho lo que hecho desde mi amor y
devoción puros hacia Jesús, pero la realidad es que mucho de lo que he hecho se
ha debido a mi sentido de responsabilidad, no de devoción. Mi meta es la
devoción, pero hasta que esa devoción se convierta en mi única motivación,
dejaré que la responsabilidad me motive y me mantenga en la búsqueda del Reino.
La responsabilidad es lo que inculca en nuestros hijos una visión lo
suficientemente convincente como para refrenarles de robar su futuro. La
responsabilidad es lo que inculca en los padres una visión lo suficientemente
convincente como para redimir su pasado. “Mi siervo Moisés ha muerto; ahora,
pues, tú...” (Josué 1:2)
Cada veinte años más o menos una familia espiritual enfrenta el partir
de una generación. Es durante este tiempo, como fue con Josué, que el manto del
liderazgo pasa del padre al hijo. El éxito de esa transferencia depende del
nivel de responsabilidad en la que el hijo ha sido equipado para caminar.
Responsabilidad es la etapa donde los padres dicen, “Yo haré; tú
observa.” Josué pasó cuarenta años observando a Moisés y siendo entrenado bajo
su justa influencia. ¿Puedes imaginar el peso de la responsabilidad que cayó
sobre los hombros de Josué cuando escuchó aquellas palabras, “ahora, pues, tú”?
A pesar del peso Josué se elevó al nivel del reto y abrazó su responsabilidad.
De igual
forma vendrá un día cuando nuestros hijos e hijas oirán las palabras, “Ahora,
pues, tú...” Por consiguiente, debemos entrenarles hoy para abrazar la
responsabilidad necesaria para que realicen sus mañanas. Debemos vivir vidas
dignas de emulación, sabiendo que nos están viendo en todo momento y que
emularán lo que vean.
FASE
DOS: LA CONDICIÓN DE HIJOS
“Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado; en
ti tengo complacencia.” (Marcos 1:11)
Esta
declaración del Padre no era una reiteración de la identidad de Cristo, sino
una declaración de Su título. El Padre estaba declarando a Jesús y a los
principados y potestades del mundo invisible que el “hijo nacido” se ha vuelto
el “hijo dado.” La condición de Hijo para Jesús era una acción, no una
posición. Jesús demostró su condición de Hijo por Su disposición a rendirse
completamente al plan eterno del Padre. Él no consideró Su igualdad con Dios
como algo a lo cual aferrarse. Más bien, se despojó a Sí mismo y demostró que
estaba en posición por medio de la acción.
Todos nosotros somos hijos de Dios por posición. “El Espíritu mismo
da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.” (Romanos
8:16) Si el Espíritu de Dios reside en nosotros, somos hijos de Dios. Pero
quienes somos por posición a menudo es bastante diferente de lo que somos por
conducta. Pablo hace también una distinción de conducta de la condición de hijo
“...Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son
hijos de Dios.” (Romanos 8:14) La condición de hijo es tanto una
posición como una conducta. Es tanto nombre como verbo. Por un lado describe
quién soy y, por el otro, describe lo que hago.
La
condición posicional de hijo es automática con el nacimiento. Si soy nacido de
nuevo, soy un hijo de Dios. La condición de hijo en términos de la conducta es
declarada sobre el comportamiento de uno como hijo. Para ser un hijo por
conducta debo permitir al Espíritu de Dios que me guíe. Puedes ser un miembro
de iglesia y nunca convertirte en un hijo por conducta. La condición posicional
de hijo es automática, pero la condición de hijo por comportamiento es por
revelación.
EL
ESPÍRITU DE SER HIJO
La condición de hijo no es una enseñanza. Es un espíritu. “Pues no
habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino
que habéis recibido el espíritu de adopción.” (Romanos 8:15) Puesto
que el ser hijo es un espíritu, el ser hijo se vuelve un camino por el cual
andar. Si decimos que alguien tiene un espíritu de temor, estamos diciendo que
actúan llenos de temor de manera consistente. Para ellos el temor se ha vuelto
una forma de vida. Actúan temerosamente en todo lo que hacen. De igual manera,
tener el espíritu de hijo operando en nuestras vidas significa que actuamos
como hijos en todo lo que hacemos. El ser hijo se vuelve una actitud que afecta
todos los aspectos de nuestra conducta.
El ser hijo es como un par de anteojos. Si tus anteojos son de color,
todo lo que veas se mirará con ese color. Una vez que la condición de hijo es
operacional en nuestra conducta afecta todo lo que vemos y hacemos. Si la
condición de hijos no está operando en nuestras vidas, entonces uno que otro
barco se desviará.[2] Sin un claro
entendimiento de la condición de hijos, la adoración se transforma en
actuación, el discipulado en una tarea pesada, la mayordomía se vuelve
posesiva, el compañerismo se vuelve exclusivo, y así sucesivamente. La
condición de hijos mantiene nuestro enfoque debidamente alineado y al hacerlo
mantiene otros aspectos de la vida en el curso apropiado.[3]
El espíritu de hijo afecta tanto lo que somos como lo que hacemos. El
espíritu de hijos aborda tanto los aspectos generales de nuestra vida con los
específicos. Generalmente hablando, todos estos aspectos son hijos de Dios. En
consecuencia interactuamos con el todo de la vida desde la perspectiva de
hijos. Específicamente, también debemos volvernos hijos de aquel a quien nos ha
unido la soberanía de Dios.[4]
Debemos volvernos hijos de la casa, e hijos de la visión.
Tal fue el caso con Eliseo y Elías. Mientras Elías era llevado al
Cielo en un torbellino, Eliseo clamó, “¡Padre mío, padre mío!” Elías no era el
padre natural de Eliseo. El espíritu de hijo era operacional en la relación de
ellos. En consecuencia, Eliseo recibió una doble porción del espíritu de su
padre. La transferencia generacional fue evidente.
La relación de Pablo y Timoteo es otro ejemplo del espíritu de hijo
operando en las vidas de dos personas.
“Porque aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos
padres; pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio. Por
tanto, os ruego que me imitéis. 17Por esto mismo os he enviado a
Timoteo, que es mi hijo amado...” (1 Corintios 4:15-17)
Como con
Eliseo y Elías, Timoteo no era hijo natural de Pablo. La condición de hijo de
Timoteo fue por nacimiento espiritual. Timoteo se había convertido en hijo de
Pablo por medio de la unión espiritual del Señor. La condición de hijo no era
solo algo que Timoteo era para con Dios, era también una manera de andar para
con Pablo. Si el Espíritu de hijos está operando en nuestras vidas, nos
convertiremos en hijos de cualquiera o de cualquier cosa con la que entremos en
contacto. Actuaremos como hijos en el trabajo, no como empleados. Actuaremos
como hijos en la congregación, no como asalariados. La condición de hijo es
algo que comienza desde el interior y luego fluye hacia el exterior.
LA
CONDICIÓN DE HIJOS vs. LA ESCLAVITUD
“Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra
vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual
clamamos: ¡Abba, Padre!” (Romanos 8:15)
En este pasaje el Apóstol Pablo contrasta el espíritu de ser hijo con
el espíritu de esclavitud. Estos dos espíritus son dos leyes que operan dentro
de nosotros. Enmarcan la perspectiva desde la cual nos relacionamos con Dios,
con nosotros mismos, con la iglesia y con todo lo que hacemos. Nos relacionamos
con la vida ya sea como esclavos o como hijos.
La tendencia natural del hombre es relacionarse con Dios como un
esclavo, no como un hijo. Vemos esto ejemplificado en la vida del hijo pródigo.
“Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen
abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a
mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya
no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.”
(Lucas 15:17-19)
El sentido
inherente de culpa dentro del hijo pródigo causó que quisiera relacionarse con
su padre como un esclavo y no como un hijo. El hijo no dijo “Regresaré y seré
como un hijo.” Sino más bien, “regresaré y seré tratado como un esclavo.” El
padre no miró al pródigo como un esclavo; este era un problema del hijo, no del
padre. Jesucristo nos ha hecho dignos. Por su sangre derramada podemos entrar a
la presencia del Padre con confianza y actuar como hijos, no como esclavos. No
necesitamos sujetarnos a nosotros mismos a sentimientos de inferioridad o
indignidad porque nuestra relación con el Padre no es algo acerca de nosotros,
sino de Él. Es todo un resultado de la obra terminada de Cristo.
LA
TRANSFERENCIA DE LA CONDICIÓN DE HIJO
Como
padres, debemos sacar a nuestros hijos de la fase de niñez y dirigirles hacia
la fase de hijos. Debemos inculcar en ellos un sentido de quiénes son al
dirigirles hacia un conocimiento personal de Jesús a través del Espíritu Santo.
Debemos entrenarles para que vean su tendencia natural de relacionarse con la
vida como un esclavo e introducirles en el espíritu de hijos. Debemos
entrenarles para que vivan sus vidas en completa dependencia de la persona de
Jesucristo. Central a la verdad de la condición de hijos se halla el
entendimiento que fuera de Jesús, no podemos hacer nada. Por consiguiente,
debemos entrenar a nuestros hijos para que vivan una vida rendida a la obra del
Espíritu Santo.
Un aspecto principal de la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas
durante la fase de condición de hijos es la integración. La naturaleza
esclavizante dentro de todos nosotros busca apartarnos en un lugar de
independencia defensiva. Todos somos, a veces, transitoriamente
independientes, pero los esclavos son defensivamente independientes. Los
esclavos defenderán su naturaleza independiente y resistirán cualquier intento
por integrar sus vidas en la unidad del cuerpo de Cristo.
En las notas marginales de Romanos 8:15 el espíritu de hijos es
también llamado el espíritu de adopción. Ser adoptados es haber estado fuera y
luego haber sido integrados en una familia. El espíritu de adopción es
contrario al espíritu de independencia. El espíritu de adopción busca
integración, no independencia.
Como seres creados somos creados por Dios para rendirnos. La rendición
es parte de nuestro diseño creado. El asunto no es si nos rendiremos a algo o
si permaneceremos independientes. El asunto es, ¿aquello a lo que nos rendimos
nos traerá a un mayor entendimiento de la condición de hijos, o fomentará el
espíritu de esclavitud?
“Dios hace habitar en familia a los desamparados...” (Salmo
68:6) La palabra Hebrea aquí para “familia” significa “estar en el interior.”[5]
El deseo del corazón del Padre es tomar a aquellos que están afuera y traerles
a la seguridad y pertenencia en una familia. Usualmente yo argumentaba contra
la idea de que tuviéramos un círculo interior y un círculo exterior. Ahora
entiendo que Dios reconoce la existencia de ambos círculos y busca traer a
todos Sus hijos e hijas hacia el círculo interior. Es decir, Él busca traer a
todos dentro del círculo de la familia. Ya no trato de defender la acusación de
que existe un círculo exterior. Reconozco su existencia legítima y gasto mis
energías asegurándome que todos se sientan bienvenidos para entrar en la
seguridad de la familia espiritual.
Como padre debo buscar inculcar en mis hijos la necesidad Bíblica de
rechazar el aislamiento. Deben buscar ser integrados en su familia natural lo
mismo que en su familia espiritual.
Ser parte de una familia es rendirse al espíritu de adopción,
trayéndonos al abrazo completo del todo, no el aislamiento de una parte. 1
Corintios 12:13 habla del bautismo en el cuerpo de Cristo. El deseo del Padre
es bautizar las vidas de Sus hijos e hijas los unos en los otros. Es decir, Él
busca sumergir nuestras vidas en las vidas de los otros. Aquí es donde
descubrimos si creemos en el bautismo por inmersión o por aspersión. Como
buenos carismáticos diremos que creemos en el bautismo por inmersión, esto es,
hasta que hablamos del bautismo en el cuerpo de Cristo. En ese caso, con una
pequeña rociada basta. Sin la plena integración de los otros miembros de la
familia de Dios, estamos en riesgo de nunca alcanzar nuestro pleno potencial,
sino quedarnos siendo la mitad de las personas que fuimos diseñados para ser.
EL
ABRAZO CROMOSÓMICO
En su libro, Hombres y Microscopios, Katherine Shipper hace
declaraciones comúnmente entendidas en lo natural que tienen algunas
aplicaciones profundas en lo espiritual. Ella dice, “Cuando el óvulo es
fertilizado por el esperma la delgada hebra de cromosomas se enrollan las unas
en las otras es lo que se llama el abrazo cromosómico.”[6]
El diseño del cuerpo natural creado por Dios tiene también
aplicaciones espirituales. El Padre desea que Sus hijos e hijas se abracen unos
a otros en unidad con un sentido de pertenencia, permitiendo que la plenitud
del diseño creado sea totalmente realizado.
Katherine Shipper continúa diciendo, “Es la combinación de los genes
lo que determina el carácter del nuevo individuo, un organismo nuevo, pues
carga una nueva combinación de genes, y al mismo tiempo antiguo pues está
compuesto del mismo material pasado de generación en generación.”[7]
Sin el abrazo de la integración permanecemos en riesgo de quedarnos
con la mitad de la identidad. La aplicación espiritual del abrazo cromosómico
ocurre cuando permito al Espíritu Santo unirme a otro y que el depósito de Dios
en la otra vida me sea impartido. Entonces me vuelvo en una combinación
ordenada por Dios de Su vida en ellos y Su vida en mí.
¿Te has dado a ti mismo en el abrazo cromosómico? ¿Has dirigido a tus
hijos en el entendimiento y en el abrazo real?
La condición de hijos es la Fase II de la transferencia generacional.
Dentro de esta fase están las etapas 2ª y 3ª del crecimiento espiritual que
deben ser impartidas a aquellos que siguen. Recuerde que la Etapa Uno de
nuestro crecimiento espiritual era responsabilidad en la fase uno, la niñez.
ETAPA
DOS: APRENDIZAJE
La responsabilidad era la etapa donde, “Yo hago, tú observas.” El
aprendizaje es la próxima etapa donde “Hacemos juntos.” Un retorno a la senda
antigua es un retorno a la práctica de colocar las generaciones alineadas la
una junto a la otra para el propósito de emulación e imitación.
La figura del aprendizaje es la de un hijo creciendo a la par de su
padre, aprendiendo lo que su padre sabe, al imitar lo que su padre hace. El
aprendizaje es la esencia del discipulado.
“Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres
fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.” (2 Timoteo 2:2)
Pablo encargó a Timoteo la responsabilidad de hacer aprendices
de los hijos fieles, quienes a su vez hicieran aprendices de los hijos
fieles, quienes a su vez hicieran aprendices de los hijos fieles... Y
así el mandato de la transferencia generacional sea plenamente realizado.
LA
UNIÓN DE LA SABIDURÍA Y EL CELO
El proceso de aprendizaje es la unión de la sabiduría y el celo. Junta
la sabiduría de la generación mayor con el celo de la más joven. La edad trae
consigo tremenda sabiduría. Es la sabiduría de la experiencia recogida a través
de los años de vida real. Pero la experiencia a menudo causa que nos volvamos
marchitos. La disposición al riesgo a menudo mengua en el conocimiento de la
experiencia.
En consecuencia, la sabiduría de la experiencia es a menudo
constreñida por la apatía de la edad mayor. La juventud trae consigo tremendo
celo. Inherente en el entusiasmo de nuestros años juveniles está el deseo de
ser osados y aventureros. El problema es que el celo no siempre está acompañado
de sabiduría. Por consiguiente, los jóvenes que solo son dirigidos por el celo
se hallan a sí mismos en problemas consistentes. La respuesta de Dios a este
dilema es la unión de las generaciones. En esta juntura generacional
experimentamos el matrimonio de la sabiduría y el celo. Eso a menudo ocurre con
la edad cuando es atemperada por el celo de la juventud y la torpeza de la
juventud cuando es atemperada por la sabiduría que viene con la edad. Un
retorno a la senda antigua es un retorno a la sabiduría y al celo caminando
lado a lado, ganando así el poder y respeto de la juntura generacional.
RESPONSABILIDAD
DUAL
El aprendizaje requiere responsabilidad dual; involucra tanto dar como
recibir. Para que el aprendizaje cumpla su resultado deseado por Dios, los
padres deben tener una visión para dar y los hijos deben tener una visión para
recibir. Aprendizaje significa el corazón de un padre dado a su hijo y el
corazón del hijo vuelto hacia su padre.
La generación de Isaac es una generación de aprendices. La generación
de Isaac son los ministerios de segunda generación que han sido entrenados por
los Abrahanes con el propósito que puedan producir los Jacobs. La generación de
Isaac es una generación caracterizada por un profundo nivel de confianza en el
soberano Señor Dios. Es la generación dispuesta a someterse al liderazgo de sus
Abrahanes, sabiendo que Dios proveerá un cordero. La bendición de la generación
de Isaac se realiza en el poder de la herencia. La generación de Isaac recibe
todo lo que Abraham tenía, lo mismo que todo lo que serán capacitados para
hacer.
Aunque son un Cristiano de primera generación, tengo un ministerio de
segunda generación. Soy un Abraham en la fe y un Isaac en el ministerio. Tuve
el privilegio de ser entrenado para el ministerio por un padre en la fe quien
me impartió alrededor de 40 años de experiencia ministerial en mi celo juvenil.
En consecuencia, cuando plantamos la Iglesia de Cristo en Kirkland en 1985,
dimos el do de pecho desde el principio. No solo comenzamos el Día Uno con una
sustancial herencia física, aún más importante, comenzamos con una rica
herencia espiritual. Tanto había sido ya invertido en nosotros que aunque
apenas teníamos un día de edad teníamos un sentido de estar bien establecidos.
La adoración fue íntima, la disciplina era evidente, la enseñanza era fuerte, y
el compromiso era probado. Aún así, teníamos una necesidad. Necesitábamos
crecimiento tremendo, pero teníamos un fundamento seguro porque nuestro Abraham
nos había pasado una herencia invaluable.
El orgullo del deseo de ser original le roba a la iglesia la herencia
de la generación de Isaac. La iglesia ha bebido profundamente del pozo de la
originalidad. En consecuencia, nos hemos extraviado de la senda antigua de la
reproducción. Cada generación tiende a establecer su propio camino en lugar de
heredar el camino de los padres que han venido antes. Jesús, el Hijo-Esquema, halló
Su vida y autoridad en reproducir todo lo que vio a Su Padre hacer. Nunca buscó
establecer Su propio camino. Más bien Su meta fue emular todo lo que vio en Su
Padre y obró solo donde vio a Su Padre obrar.
El poder del aprendizaje se halla en el mandato de la reproducción.
Jesús era la representación exacta de Su Padre. (Hebreos 1:3) ¿A quién o a qué
estás representando? Un retorno a la senda antigua es un retorno al mandato de
representación. Representar algo es re-presentarlo. Representar a Jesús es decir
otra vez lo que Él ya dijo y ser otra vez quien Él es.
Jesucristo es nuestra representación primaria. Pero, si el espíritu de
representación está en nosotros, también buscaremos representar a aquellos a
quienes hemos sido llamados a seguir como aprendices. Ser fieles representantes
de ellos, nos comprueba y nos califica para volvernos padres espirituales para
otros.
“Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo que es
vuestro?” (Lucas 16:12)
Es al representar la visión de nuestros padres espirituales como
calificamos para administrar como mayordomos nuestra propia visión.
MI
TESTIMONIO PERSONAL
Hace 25 años yo era el conserje de la iglesia. Ahora soy líder
titular. En 1975 fui contratado como el portero del Templo Fe en Seattle,
Washington. Serví en esa posición como conserje por un poco más de dos años,
durante cuyo tiempo y en los doce años subsecuentes, aprendí qué era servir en
la visión que el Padre había colocado en otro hombre. Hubieron tiempos en los
que no estuve de acuerdo con la visión, pero entendía las limitaciones de mi
perspectiva y la necesidad de ser fiel con lo que pertenecía a alguien más.
Poco sabía yo entonces cómo el plan soberano de Dios se desenvolvería
mientras yo era hallado confiable con la propiedad de alguien más y
progresivamente se me daba mi propia responsabilidad. Veinticinco años después
sirvo ahora como Líder Titular para con aquellos mismos pastores y para con
muchas de las personas a quienes serví como conserje.
La clave para mi preparación fue el gozo que hallé en ser tomado como
aprendiz. Estaré para siempre en deuda con Jim Hamann quien me tomó como un
hijo y me permitió convertirme en un aprendiz suyo en el ministerio. Por
alrededor de veinticinco años ya he tenido el privilegio de caminar a la par de
él, aprendiendo de la profundidad de su experiencia. Como un Isaac, he recibido
una rica herencia del Pastor Jim.
Por los siete años pasados los Pastores Jim y Phyllis han estado en
nuestra congregación en la Iglesia de Cristo en Kirkland. Aún cuando he servido
como el Líder Titular por los pasados trece años, Jim todavía me llama cada
domingo por la mañana a las 7:00 a.m. para orar por mí y animarme en la fe
antes de ir a predicar.
FASE
TRES: MAYORDOMÍA
La Fase Uno de la transferencia generacional es la niñez. En esta fase
de la transferencia generacional descubrimos nuestra primera etapa del
crecimiento espiritual, la responsabilidad. La Fase Dos de la transferencia
generacional es la condición de hijo, en la que descubrimos nuestra segunda y
tercera etapas del crecimiento espiritual, la condición de aprendiz (aprendizaje)
y la mayordomía.
La mayordomía es la etapa donde “Tú haces, yo observo.” La mayordomía
es la etapa en nuestro desarrollo espiritual donde alcanzamos edad y poseemos
la verdad por nosotros mismos. Es la etapa donde se nos da “propiedad” nuestra,
(Lucas 16:12) y se espera que multipliquemos lo que se nos ha dado.
Es en la etapa de mayordomía donde se comprueban la condición de hijos
y la realidad de la transferencia generacional, pues es aquí donde la
oportunidad de abandonar el camino es más grande. ¿Buscaremos establecer un
nuevo camino? ¿O permaneceremos fieles a la senda antigua traspasada por
nuestros antepasados?
EL
ENGAÑO HUMANISTA
Como hijos e hijas del Reino debemos discernir el engaño humanista de
cómo se transfiere la verdad. El humanismo dice, “Ya tienes edad, ahora debemos
descubrir tu propia verdad y establecer tu propio camino.” En contraste, la
senda antigua del Reino de Dios dice, “La verdad es traspasada generacionalmente,
así que ahora que tienes edad debes continuar en el camino de la senda
antigua.” En el Reino de Dios la verdad de los padres es también la verdad de
los hijos, pues hay solamente una verdad. El camino de los padres es también el
camino de los hijos, pues hay solamente un camino.
Inherente al razonamiento humanista está la sugerencia de que la
verdad de nuestros padres comenzó con ellos así que tenemos del derecho de
establecer nuestro propio amor por la verdad e ir en pos de nuestro propio
camino. Pero la verdad del Reino de Dios de Dios no se halla estableciendo
nuestra propia verdad. Más bien, es siendo un mayordomo de la verdad de nuestro
padre y volviéndonos responsables con las generaciones pasadas para que podamos
equipar a las generaciones por venir.
TRES
PRINCIPIOS DE LA MAYORDOMÍA
1. No poseemos
nada, pues todo pertenece al Señor.
Nuestra vida terminó en el Calvario. Nuestras viejas vidas fueron
sepultadas con el Señor en las aguas del bautismo. Por consiguiente, todo lo
que somos y todo lo que tenemos es una mayordomía. El Señor nos confió con todo
ello como mayordomos, no como propietarios.
Tal es el caso con las generaciones. Nuestros hijos pertenecen al
Señor. Son dados a nosotros como un fideicomiso. Nuestra responsabilidad es
criarles de acuerdo al mandamiento de confianza. Los principios de la Palabra
de Dios en relación con el entrenamiento de los niños son los principios que
hemos de seguir. La cultura nos ofrecerá una alternativa. Aún las
circunstancias podrán desafiar nuestro camino. Pero, puesto que el ser padres
es una mayordomía de tutela, debemos permanecer fieles al mandato dado.
2. Nuestras
vidas nos son entregadas con una expectativa de incremento.
La parábola de los diez talentos revela el corazón de Dios por el
incremento. Un fideicomiso no nos es entregado para que lo acumulemos sino que
es entregado con la expectativa que con el tiempo, incrementemos cualquier cosa
que se nos haya dado. El incremento es medido tanto en términos de cantidad
como de cualidad. En el caso de los niños, Dios controla el vientre. No
determinamos la cantidad de nuestro incremento familiar, pero podemos dirigir
la calidad de ese incremento.
El tiempo pasado con nuestros hijos, cosmovisión, entrenamiento
Bíblico... todos son factores que determinan la cualidad de su incremento.
3. Nuestro
incremento ha de ser libremente distribuido como el Espíritu Santo dirija.
Servimos en un Reino que funciona hacia atrás. Para mantener algo en
el Reino de Dios, debemos repartirlo. Debemos levantar las generaciones con un
deseo de que sean usadas en servicio al Rey. Deben hallar sus vidas en servicio
a su destino dado por Dios. Solo al servir al propósito eterno para sus vidas
hallarán el gozo de la plenitud. Al perder sus vidas en el Reino de Dios, las
hallarán.
Ser ejemplo en nuestra paternidad es la clave para este principio de
mayordomía. Nuestros hijos deben en nuestro ejemplo la demostración de una vida
perdida en servicio al propósito eterno.
Los padres deben dirigir sus familias por el principio del mandato, no
el auto-deseo. Debido a que estamos administrando como mayordomos lo que
pertenece a Jesús, debemos administrar en la manera que Él quiere que se
administre. Debemos administrar generacionalmente. El humanismo dice que todos
debemos discernir la verdad por nuestra cuenta; deben hallar su propio camino y
descubrir su propia visión. El humanismo dice que la verdad no es generacional,
pues la verdad de ayer pertenece al ayer y la verdad de hoy pertenece al hoy.
Un retorno a la senda antigua es abrazar el entendimiento de que la
verdad es generacional, pues está enraizada en el propósito eterno de Dios.
(Efesios 2:11) Aunque pueden haber muchos caminos en términos de método, hay
solamente un camino en términos de verdad. (Juan 14:6) Hay realmente solamente un
camino, y este camino permanecerá consistente a lo largo de las generaciones.
Una generación puede cambiar el método dela anterior, pero el contenido
permanece eterno. La mayordomía abraza la validez del camino antiguo y traspasa
ese camino a la siguiente generación.
FASE
III: PATERNIDAD
La paternidad es la fase de nuestro viaje espiritual que mejor capta
el mandato de transferencia generacional. La paternidad es sobre todo algo
relacionado con la reproducción. Sin reproducción no hay transferencia generacional,
pues sin reproducción no habría ninguna generación a la cual transferir. La
paternidad es una fase que tiene la intención que todos la alcancemos pero no
muchos lo hacen. La preocupación con el yo que penetra nuestro día se ha
burlado del ciclo de reproducción. El yo impide el sacrificio necesario
para reproducir.
La paternidad es una etapa en nuestro viaje donde hacemos por otro. En
la niñez abrazamos la etapa de “Yo haré, tú observas.” La condición de hijos
nos trae a “Hacemos juntos,” y “Tú haces, yo observo.” Ahora la paternidad nos
trae al lugar de madurez donde “Hacemos por otros.”
La paternidad en el Reino de Dios es una descripción, no una posición.
La paternidad es resultado de una labor realizada. No es un título asignado a
una persona. Soy un padre en el Reino solo en el grado que mis genes
espirituales han sido reproducidos en aquellos que Dios ha traído a mi vida. Si
el razonamiento, dones y cargas que la soberanía de Dios ha hecho nacer en mí
no son hechos nacer también en ellos, no soy su padre espiritual. Puedo ser
alguien que ellos respetan o admiran profundamente, pero no soy su padre. Puedo
ser su tutor o aún su maestro, pero no su padre. Si los genes espirituales que
el Padre ha colocado en mí son duplicados en ellos, solo entonces soy su padre.
LOS
TUTORES ENSEÑAN: LOS PADRES IMPARTEN
“No escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros como a
hijos míos amados. Porque aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no
tendréis muchos padres; pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del
evangelio. Por tanto, os ruego que me imitéis. Por esto
mismo os he enviado a Timoteo, que es mi hijo amado y fiel en el Señor, el cual
os recordará mi proceder en Cristo, de la manera que enseño en todas partes y
en todas las iglesias.” (1 Corintios 4:14-17)
“Yo os engendré.” La paternidad de Pablo en Corinto no fue posicional
o automática. Pablo se volvió su padre. Se volvió su padre como resultado de
que sus genes espirituales habían sido reproducidos en ellos. La paternidad en
el Reino es un título descriptivo, no un título posicional. La razón por la que
Pablo dijo, “Porque aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tendréis
muchos padres,” era simplemente porque no hay muchos que estén dispuestos a
cargar con la responsabilidad de la reproducción. Incluida en la función de
reproducción está la responsabilidad del riesgo. La reproducción requiere un
tiempo para la intimidad. Significa la posibilidad de ser herido. Estos
factores y otros disminuyen el número de aquellos deseosos de asumir la
responsabilidad de reproducir. Se percibe la enseñanza como el camino más
fácil.
Los tutores enseñan, pero los padres imparten
vida. Cualquiera o cualquier otra cosa puede enseñar. Las computadoras enseñan,
la televisión puede enseñar, pero se requiere un padre para reproducir vida.
Los padres no solamente instruyen, ellos imparten. Los padres están dispuestos
a acercarse a sus hijos e hijas y están dispuestos a abrir sus vidas a aquellos
que están a su cuidado.
“os ruego que me imitéis.” (1 Corintios 4:16) Esta es
una declaración de reproducción; la declaración de un padre hablando a sus
hijos e hijas espirituales. Pablo no está hablando de la imitación de gestos
típicos, sino de la imitación del depósito de Dios en su vida. El imitar la
voluntad y el camino de Dios en los padres espirituales trae vida. La imitación
es automática, si lo permitimos. Una vez que los genes espirituales son
sembrados automáticamente se reproducirán a sí mismos si no dejamos que el
orgullo de la originalidad de al traste con el diseño natural.
“os he enviado a Timoteo, que es mi hijo amado... el cual os
recordará mi proceder.” (1 Corintios 4:17) Implicado en este
verso está el hecho que Pablo tenía un camino definido. Pedro tenía sus caminos
y Juan tenía su camino. Pero los Corintios eran hijos de Pablo. Así que Pablo
les estaba recordando que ellos eran el resultado reproductivo de sus genes.
Te conviertes en padre cuando tus genes espirituales han sido
reproducidos en otro. No necesitas definir estos genes ni escribir el código de
desempeño para probar su reproducción. Si la reproducción ha ocurrido se
revelará por sí misma en tus hijos.
Pero, ¿qué acerca de Mateo 23:9 que dice, “no llaméis “padre” vuestro a
nadie en la tierra?
No lo hacemos. La paternidad es una fase que simplemente necesita un título. Es
el reconocimiento de la función y de la responsabilidad. El asunto no es tildar
a alguien con el título de padre. El asunto es que los padres cumplan el
mandato de reproducción y que los hijos reciban el corazón de un padre como
éste es dado.
Jesús estaba obviamente dirigiéndose a algo más profundo en Su
admonición de Mateo 23:9. Jesús estaba tras la actitud soberbia de los Fariseos
que se enorgullecían de sus posiciones y ostentaban sus títulos, pero estaban
vacíos de cualquier función. Si la directiva de no llamar a nadie “Padre” era
una directiva literal, entonces Pablo hubiese estado en pecado cuando dijo que
se había convertido en padre para los Corintios.
LA
SIMILITUD A CRISTO REALIZADA EN LA PATERNIDAD
La meta de nuestro caminar Cristiano es volvernos como Cristo. Ser
como Cristo es ser un Padre. Jesús, el niño nacido, se volvió el Hijo dado,
pero ahora Él es el Padre eterno. Ser como Cristo es presionar profundamente
nuestros dones y llamado para que nos volvamos reproductores de aquello que
Dios nos ha dado.
En su libro, El Viaje Masculino,[8]
Robert Hicks definió seis palabras Hebreas que en Inglés son interpretadas como
Hombre, describiéndolas como etapas cronológicas a través de las cuales pasamos
en nuestro “viaje masculino.”
· Adam:
Hombre en el sentido genérico, hombre y mujer, hombre como ser creado.
· Zakar:
Hombre en su estado anatómico básico. Es esta palabra lo que da al hombre su
distinción sexual de la mujer.
· Gobbor: El
hombre como guerrero, hombre en su fuerza guerrera y naturaleza competitiva.
· Enosh: El
hombre como guerrero herido, describe al hombre en su debilidad y fragilidad.
(He aquí el por qué el rechazo es un esclavo.)
· Ish: El
hombre como gobernante, hombre contrastado con la juventud, el hombre adulto,
el hombre que ha vencido el Enosh.
· Zaken: El
hombre como anciano a la puerta, mentor, sabio, el hombre como padre de Israel
que imparte sabiduría en la puerta de la ciudad a los jóvenes que se sientan a
sus pies.
La meta de todo niño nacido, el desafío de todo hijo dado es volverse
un “Zaken.” La meta es volverse un reproductor de las cosas confiadas (el
depósito) que Dios ha colocado dentro de cada uno de nosotros. Las leyes de la
mayordomía del Reino requieren incremento y reproducción. Solo en la
reproducción se realiza la transferencia generacional.
La transferencia generacional es el mandamiento para todo creyente.
Sea con los hijos e hijas naturalmente nacidos o con aquellos hijos e hijas
nacidos a través del Espíritu, debemos traspasar a ellos, quienes están
colocados a nuestro cuidado, los genes espirituales dados a nosotros. Sin esta
transferencia nos quedamos con una generación sin identidad. Una generación sin
identidad es una generación sin propósito ni dirección. Debemos retornar a la
senda antigua y así volver a la reproducción espiritual.
Publicación de la Iglesia de Cristo, 1998.
[1] Gén. 2:20
[2] Es decir, algunos aspectos de nuestra vida carecerán de consistencia e integración armoniosa.
[3] Incluyendo a las personas a quienes estamos guiando.
[4] 1 Corintios 12:18; Efesios 4:16.
[5] Concordancia de Strong.
[6] Shipper, Katherine. Hombres y Microscopios, p. 181.
[7] Shipper, Katherine. Hombres y Microscopios, p. 181.
[8] Roberts Hicks, El Viaje Masculino. (Entiendo que El Viaje Masculino de Roberts Hicks ha venido a estar bajo considerable escrutinio en cuanto a su exactitud Bíblica. No es mi intención apoyar la posición o negarla. La intención es simplemente subrayar la importancia de que cada creyente crezca desde ser niño a ser un reproductor. Si la posición de Hicks es un apoyo exacto para este punto eso está abierto para discusión, pero lo que está claro es la necesidad de reproducir la vida de Cristo en nosotros, para que ocurra el proceso de transferencia generacional.)