"Recobrando el 'Salario Familiar'"

Por Timothy D. Terrell

10 de Octubre, 2,000

 

I Timoteo 5:8 debiese ser un verso sensato para esposos y padres que dirigen familias financieramente atadas: "porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo". En un tiempo cuando ganarse el pan es una función comúnmente compartida por el esposo y la esposa, la idea de vivir completamente dependiendo de las entradas financieras del esposo algunas veces parece un ideal completamente inalcanzable. Esto no es debido totalmente a la irresponsabilidad de esposos que se pasan el tiempo haciendo la siesta en el sofá. Se han combinado también presiones políticas, económicas y culturales para minar el salario familiar - un salario lo suficientemente alto como para que un hombre que lo gane pueda proveer adecuadamente para su mismo y para su familia inmediata.

 

Hay dos puntos clave que contribuyen a la erosión del salario familiar: 1) la expansión del estado más allá de sus límites Bíblicos, y 2) la apertura de oportunidades laborales para las mujeres y los niños luego de la industrialización. En este artículo tomaré cada punto por separado, aunque la intervención estatal en las labores del mercado, la beneficencia corporativa y otros enredos gubernamentales e industriales hacen que discutir los dos puntos de manera independiente sea bastante difícil.

 

El Estado vs. el Salario Familiar

 

Ciertamente la siempre creciente tajada de ingresos familiares confiscada por el estado ha dejado a muchas familias preguntándose si un solo ingreso puede en realidad proveer para sus necesidades. Cuando la nación de Israel clamó por un rey, el profeta Samuel les advirtió que un alto nivel de impuestos y gastos estatales se encontraba directamente asociado con la destrucción de la familia. Él les dijo:  "Tomará también a vuestras hijas para que sean perfumadoras, cocineras y amasadoras" (I Sam 8:13), y también implicó que un incremento de los gastos militares resultaría en que los hombres serían sacados de sus hogares.

 

En realidad, un estado operando más allá de sus límites Bíblicos mira a la familia como un competidor que debe ser suprimido. Con un sistema de impuestos basado casi exclusivamente en tomar una porción de las transacciones visibles del mercado (por ejemplo, un impuesto sobre los salarios de un empleador, un impuesto sobre los beneficios, un impuesto sobre los recibos de venta, etc.), el estado tiene un incentivo para incrementar el valor de tales transacciones. De esta manera el estado se beneficia en algún sentido de la destrucción del hogar como una unidad económica productiva porque lo que una vez fue producido en el hogar es trasladado a la producción de mercado, una forma de producción más visible, más cuantificable y por lo tanto más fácilmente cargado con impuestos.

 

Por ejemplo, la educación en el hogar ha sido reemplazada en gran parte por el sistema público escolar. La taxación (sistema de impuestos) para pagar por este sistema escolar público requiere que las familias generen dólares, lo que significa que la producción hecha en el hogar y fuera del mercado deba ser reemplazada con un salario del mercado. Mientras se encuentre involucrado en las escuelas públicas el estado continua minando a la familia al enseñarle a los niños que sus padres son probablemente imbéciles y que el Estado Sabe Mejor todas las cosas. Muchas declaraciones de los que apoyaban el movimiento de escuelas públicas en sus inicios admiten esto; quizás uno de los más categóricos fue la de John Swett, superintendente del sistema educativo público de California en los 1860s. Swett escribió, "al niño se le debiese enseñar a considerar a su instructor ... [como] superior al padre en lo que respecta a la autoridad ... La impresión vulgar de que los padres tienen un derecho legal para imponer condiciones a los maestros es totalmente errónea ... Los padres no tienen recurso de apelación en contra del maestro". [1]

 

Esta opinión de incompetencia paterna tipifica los escritos modernos sobre educación. El libro de Hillary Clinton, "Se requiere un pueblo", contiene estas alusiones en muchos capítulos, particularmente en los referidos a las guarderías infantiles y la educación primaria y secundaria. Ella sugiere que la guía por parte del gobierno civil es necesario, para poner a los padres ineptos en línea con la educación - queriendo decir, claro, que los padres actúan en un rol subordinado y de apoyo con respecto a la escuela pública. En lugar de cuestionar las acciones de los maestros los padres debieran "respaldar la autoridad escolar". La Sra. Clinton confiesa que los maestros y directores no tienen siempre la razón; pero  "merecen que se les adjudique la presunción de sí estar en lo correcto". ¿Qué le pasó a la presunción de que el padre estaba en lo correcto, y de que los maestros y administradores debiesen subordinar sus acciones a las preferencias de los padres?

 

En respuesta a este asalto contra la familia, el movimiento de educación en el hogar (home schooling) ha comenzado a reclamar la educación, y con ello reclama también parte de la función productiva de la familia. Como señala el sociólogo Allan Carlson, "La educación en el hogar... representa el regreso de una función central a la familia... Las familias que educan a sus hijos en casa descubren qué se siente ser 'reinstitucionalizado'" [2]

 

Hay muchos otros buenos ejemplos de estímulo estatal para las esposas y madres a que entren al mercado laboral. Se puede hacer un buen caso recordando que el gobierno de Estados Unidos comenzó a hacer esfuerzos concertados para atraer mujeres a las fábricas durante la Segunda Guerra Mundial.  Por lo tanto, no es solamente el estado el que estimula a las mujeres a incorporarse a la fuerza de trabajo, pero sí fue una de las causas iniciales principales.

 

La Feminización del Trabajo de Mercado

 

Allan Carlson argumenta que la entrada de las mujeres a la fuerza laboral es una fuerza mayor por la cual el salario familiar virtualmente ha desaparecido en los últimos treinta años [3]. La industrialización, con todos sus beneficios acompañantes, produjo oportunidades altamente remunerativas para las mujeres que tentaron a muchas familias a comprometer su orientación centrada en el hogar. Más mujeres en la fuerza laboral significaba un incremento en el suministro de trabajo y salarios más bajos para todos. Los esposos y padres ahora descubrieron que mantener una familia basado en un solo ingreso era más difícil, porque estaban compitiendo con sus esposas, hijas y hermanas.

 

Las normas culturales Bíblicas que colocaban un alto valor sobre familias numerosas, y por lo tanto ordenaban las prioridades de la madre hacia la producción doméstica, gradualmente se desvaneció en los Estados Unidos durante el pasado siglo diecinueve y a inicios del siglo veinte. Los últimos dolores de agonía del salario familiar ocurrieron en los 1960s y los 1970s. Hasta bien entrados los 1940s, los negocios en algunas ocasiones ofrecían salarios más altos a los hombres, o a aquellos hombres que mantuvieran familias. Esto no fue necesariamente el resultado de un esfuerzo consciente por parte de los negocios de mostrar su respaldo a la familia. Las disparidades salariales entre mujeres "de carrera" [profesionales] (que evitan las labores de edificación de una familia) y los hombres son prácticamente inexistentes. Por causa de su participación consistente en la fuerza laboral, los hombres simplemente pueden haber sido más capaces de desarrollar su "capital humano", o habilidades del campo laboral, justificando un salario más alto basado estrictamente en bases económicas. Cualquiera que haya sido la motivación de los empleadores, esta política amistosa para con la familia fue eliminada para bien por el Acta Federal de Pago Equitativo de 1963, la cual hizo ilegal esta práctica. Aún así, desde los 1940s hasta los 1960s el salario familiar todavía era implícitamente apoyado porque los hombres usualmente recibían los salarios mejor pagados, mientras que aquellas mujeres que entraban a la fuerza laboral se volvían mecanógrafas, dependientes, enfermeras y secretarias.

 

Cuando la palabra sexo fue añadida al Título VII del Acta de Derechos Civiles de 1964 esto esencialmente destruyó uno de los pocos apoyos que quedaban para el salario familiar. Lo que se pensaba ser "discriminación de empleo basada en el género" estaba por ser eliminada por el poder regulatorio del gobierno federal [4].

 

Los economistas han argumentado que es eficiente pagar un salario que sea equivalente a la labor con la cual se contribuye para producir algo sin eliminar a ningún grupo de la población que se haya considerado para el empleo. Si un empleador discrimina, es decir, muestra preferencia por alguna cualidad en los empleados diferente de aquellas cualidades que afectan la productividad de uno, él tendrá que pagar un salario más alto por ese privilegio. Así que la discriminación es ineficiente para la firma, y un empleador que piensa en términos de ganancias no la practicará. A un empleador que se le permite discriminar puede desear hacerlo así, pero si todos sus competidores están obteniendo empleados de una población que incluye mujeres, él es colocado es una desventaja competitiva si selecciona solamente hombres. De igual manera, un hombre que desee mantener una familia sólo con su salario puede hallar difícil hacerlo porque está compitiendo con mujeres por su empleo, y sus ingresos de manera consecuente son aminorados. Si su esposa permanece en el hogar podrían encontrarse a sí mismos en la pobreza. Así que el empleador individual y el empleado individual tienen incentivos de corto plazo para contribuir con la destrucción del salario familiar.

 

No podemos culpar al sistema de libre mercado por estos incentivos. Una economía de mercado genera beneficios al ubicar eficientemente los recursos en las manos de consumidores necesitados. Si las familias resisten la tentación de enviar mujeres y niños al mercado laboral, entonces el mercado está funcionando bien. Si la gente no resiste esta tentación el mercado todavía está colocando recursos que llenan las necesidades de los consumidores; es decir, todavía funciona bien. En una economía de mercado las esposas y las madres pueden ingresar a la fuerza de trabajo en grandes cantidades. La gente incurre en culpa al rechazar la ley revelada de Dios para las familias - sin embargo, no sucede lo mismo con el mecanismo que les permite alcanzar sus metas.

 

Es digno de notar que la entrada de las mujeres en la fuerza laboral ha contribuido a un costo más bajo de la producción de mercado y a bajar los precios de muchos bienes y de muchos servicios. La entrada de las mujeres a la fuerza laboral puede haber reducido los precios, de manera que una familia puede disfrutar de un estandard de vida más alto con otro ingreso, pero el costo puede ser excesivo: la remoción de las mujeres de las ocupaciones que tienen como base el hogar y que son en última instancia más productivas.

 

Recobrando el Salario Familiar

 

Estos asuntos podrían dirigir a algunos a respaldar un "salario de vida" obligatorio federalmente, o un salario mínimo establecido en tal nivel que al ganarlo pudiera factiblemente proveer las necesidades básicas para una familia. Los políticos continúan aferrándose a esta "solución", aunque pocas políticas económicas están más demostrablemente en ruinas que los controles sobre salarios y precios. En lugar de forzar a los empleadores a pagar salarios bajos a los trabajadores más de lo que son dignos de su labor, los empleadores simplemente rehúsan mantener trabajadores en la nómina que no pueden producir lo suficiente como para justificar su cheque salarial. El desempleo es el resultado nada ambiguo. Los adolescentes que entran a la fuerza laboral son particularmente golpeados, de manera que sus oportunidades para edificar un historial laboral y ahorros para la educación y la familia se ven significativamente reducidos. A los adultos que ya se encuentran sosteniendo una familia se les niega la libertad de usar aún las pocas habilidades propias de su campo laboral que poseen.

 

Recobrar el salario familiar recurriendo a soluciones estatales no es, decididamente, la respuesta correcta. Aparte del hecho, en primer lugar, de que el estado contribuyó en mucho al problema, el promover un cierto salario no es una de las responsabilidades Bíblicas para el estado. Allan Carlson sugiere créditos de impuesto por cada niño, lo cual es interesante - cualquier reducción de los impuestos debiera estar bien. También sugiere un retorno de la división del ingreso para parejas casadas. Nuevamente, sobre la misma base, esto sería una consideración muy digna de tomar en cuenta. Ciertas regulaciones federales, estatales y locales también debieran ser eliminadas (tales como la zonificación, que lesiona los negocios que operan fuera del hogar).

 

Sin embargo, Carlson también argumenta que debiéramos "incrementar la progresividad de las tazas de impuesto por ingresos, estableciendo hasta cinco categorías, que vayan en un rango del 10 al 50 por ciento" [5] El argumento es de que esto fortalecería la familia al estimular a las familias a producir cosas en casa en lugar de ganar un ingreso y comprar esos bienes y servicios en el mercado. Esta sugerencia me parece que falla en considerar los asuntos más amplios que están en juego. La Escritura claramente nos advierte en contra de los altos impuestos, [6] y aunque cambiar la estructura del impuesto de ingreso puede alterar en algo los incentivos para una familia individual en favor de la producción hogareña, el asunto crucial es el nivel de impuestos. Un estado grande operando fuera de sus límites Bíblicos plantea una amenaza real a la familia. Carlson y otros que quieren reforzar a las familias a través del estado implícitamente asumen que no podrían existir familias fuertes sin el estado en primer lugar. Las familias son predadoras del estado [7], y son más fundamentales para la sociedad.

 

Los métodos más efectivos para recobrar el salario familiar pueden ser no-económicos y no-políticos. Aún después de que las oportunidades del mercado se abrieron para las mujeres, el salario familiar se mantuvo por un tiempo por perspectivas culturales comúnmente sostenidas enraizadas en una cosmovisión Bíblica. La perspectiva predominante era que el padre debía ser el sostén y cabeza de la familia y el hogar, y la esposa debiese velar por las necesidades inmediatas de los niños, administrar el hogar, y ministrar a su esposo. Esta idea significaba que los esposos desanimaban a sus esposas a trabajar fuera del hogar, las esposas no buscaban trabajos fuera del hogar, y los negocios preferían expresamente candidatos masculinos para la mayoría de las posiciones. La oferta laboral para el trabajo en el mercado se encontraba esencialmente limitado a los hombre, y el salario pagado a los hombres era suficiente para sostener a sus familias.

 

Redimiendo la Cultura

 

En conclusión, mirar meramente a los beneficios pecuniarios temporales de tener a las mujeres buscando empleos (desde el punto de vista de la familia) y ser contratadas (desde el punto de vista de la firma contratista) deja de lado un importante efecto colateral acerca de su entrada a la fuerza de trabajo. Si todas las familias con niños tienen a ambos padres involucrados en el mercado laboral, esto reducirá el salario hasta el punto donde no podamos ver las familias fuertes que nos gustaría tener en una sociedad. En presencia de incentivos tanto para el empleador como para el empleado de traer mujeres y niños a la fuerza de trabajo, parece que la mejor aproximación es trabajar para redimir la cultura y remover las leyes que dan al estado poder no Bíblico.

 

Finalmente, la solución yace fuera del campo económico per se - en las esferas de la presión social, la exhortación de la iglesia y la disciplina, y el liderazgo familiar. Los dueños de negocios necesitan que se les diga que está moralmente bien dar pago desigual por igual trabajo, o preferir contratar hombres de familia (aunque es aconsejable el refrenarse de actuar sobre estas preferencias dado el corriente clima legal). Primero, a los hombres se les debiera decir de que debieran esperar hasta que sean capaces de sostener una familia antes de casarse, y segundo, que es deshonroso presionar a las madres de sus niños a ser co-responsables del sostén familiar. La Iglesia debiese recordarles a las mujeres que sienten tal presión que grandes recompensas se acumulan sobre aquellos que siguen las prioridades Bíblicas [8]. Finalmente, algunas familias necesitan ser estimuladas a tolerar un estandard de vida más bajo basado en el ingreso del padre con el propósito de preservar la integridad y propósito de la familia.

 

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[1] Rousas J. Rushdoony, El Carácter Mesiánico de la Educación Americana (Philadelphia, 1963), 80, 81.

[2] Allan Carlson, "¿Fortalecerá a las Familias la Educación centrada en la Familia?" La Familia en América, 12:9 (Septiembre, 1998), 6.

[3] Al dejar de lado algunos de los efectos destructivos de los altos impuestos y de la regulación, Carlson deja también a un lado la posibilidad de que un pago más bajo que llega al hogar debido a los impuestos ha producido hogares de ingresos duales en lugar de ver las cosas en sentido contrario. Pero el punto de Carlson está bien señalado.

[4] Allan Carlson, "Más allá del Dilema del 'Salario Familiar'" La Familia en América, 8:12 (Diciembre 1994), p. 7.

[5] ibid., 10.

[6] I Sam 8:14-18.

[7] Gén. 2:21-24.

[8] Pr. 31:10-31; I Tim. 2:15.

 

Timothy Terrel es un profesor asistente de economía en el Wofford College y director del Centro para la Ley y la Economía Bíblica (no afiliado con Wofford). El Dr. Terrell puede ser contactado en terrelltd@wofford.edu

 

Este artículo fue tomado de la Revista Chalcedon, versión electrónica.