Contra Mundum

No. 9 Otoño 1993

 

El Uso Apologético de la Burla

 

Por Peter J. Leithart

 

Copyright © 1993 Peter J. Leithart

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Según Peter Jones, Profesor del Seminario Teológico Westminster en Escondido, California, el gnosticismo está haciendo una reaparición en la última parte del siglo veinte. En su reciente libro, El Imperio Gnóstico Contraataca, Jones revela las similitudes entre el antiguo gnosticismo y el movimiento contemporáneo de la Nueva Era. A la luz de este resurgimiento, será de utilidad examinar una vez más la respuesta de la primera iglesia a la herejía gnóstica.

 

En gran medida la antigua teología gnóstica era una teodicea. La materia no fue creación de las deidades superiores, sino más bien se desarrolló de las ansiedades, temores y penas de una “Sophia (Sabiduría) inferior” o “Achamoth” que había sido excluida de la Pléroma, los treinta “eones” que constituyen la deidad completa. Como Ireneo, el obispo de Lyons en el siglo segundo cuya obra Contra Todas las Herejías fue el primer tratado básico anti-gnóstico de su día, explicaba, “de sus lágrimas se formó todo lo que es de naturaleza líquida; de su sonrisa, todo lo que es lúcido; y de su dolor y perplejidad todos los elementos corpóreos del mundo.” Achamoth era también responsable por la creación de las sustancias alma y espíritu. De la sustancia alma fue hecho el Demiurgo, el Dios-Creador revelado en el Antiguo Testamento como Yahvé. El Demiurgo no era el alto Padre de la Pléroma, y de hecho estaba tan completamente ignorante de la Pléroma que creía ser él mismo el único Dios. Fue el Demiurgo el que formó de la materia los cielos y la tierra y creó al “hombre terrenal”. Afortunadamente, Achamoth era capaz de inyectar algo de la sustancia espíritu en algunos de estos vasos de barro; ellos, por lo menos, pueden esperar escapar de los grilletes de la materia y alcanzar una existencia neumática (espiritual).

 

Así pues, la efusión de emanaciones que separaron al Demiurgo de la Pléroma sirvió para el propósito de exonerar a los “eones” superiores de la responsabilidad por el sucio y corrupto mundo de la materia. Para el gnóstico, el mundo material no proviene de las manos de los altos dioses. Más bien, es el precipitado, las sobras, de la pena del exilio de la vida divina; es, tanto literal como metafísicamente, un velo, lo mismo que un valle de lágrimas. El sentido gnóstico de que el mundo estaba descoyuntado no pasó desapercibido de la crítica ortodoxa. Detrás de la mitología gnóstica se hallaba la misma motivación que incitaba a la ortodoxia a negar que el Señor soberano fuese el autor del pecado. Sin embargo, la Angustia gnóstica, tan entendible como puede llegar a ser, resulta en una teología que, para ponerlo gentilmente, no convence.

 

El intento Gnóstico por injertar su cosmología especulativa en la doctrina Cristiana tampoco fue más exitosa. Su exégesis Escritural era, abiertamente, un intento por fomentar una cosmovisión cuyas raíces reales toman profundo de otros suelos. Génesis 1:1, según una típica interpretación gnóstica, revela los nombres de la Tétrada original de eones, a saber, Dios, el principio, el cielo y la tierra. Las ocho personas salvadas en el arca de Noé corresponden a la “Octágona”, los ocho eones originales de la Pléroma. La exégesis gnóstica es suficiente para hacer a Orígenes y Hal Lindsey parecer positivamente prudentes.

 

La respuesta de Ireneo a los gnósticos fue variada. Grandes porciones de su tratado virtualmente son ilegibles hoy. La mayor parte de los dos primeros libros consisten de recuentos intrincados de cien y una variaciones del mito gnóstico, de interés para casi nadie excepto para especialistas de la patrística, gnósticos modernos, feministas, o cualquier combinación de los tres. Otra sección mayor contiene una pesada prueba del hecho obvio que el Nuevo Testamento enseña que Yahvé es el mismo Dios que el Padre de Jesucristo. Lo que trae a la mente la respuesta de Ben Johnson cuando se le dijo que Shakespeare nunca eliminó una línea: “Lo hubiera hecho si hubiera borrado mil.”

 

Sin embargo, en el curso de Contra Todas las Herejías, Ireneo hizo algunos movimientos teológicos que tienen relevancia duradera para la Iglesia. Contra la denigración gnóstica del mundo físico, Ireneo insistió en las doctrinas Bíblicas de la encarnación, resurrección y eucaristía, demostrando que el sistema gnóstico era fundamentalmente inconsistente con las doctrinas cardinales de la fe Cristiana. La interpretación gnóstica de la Biblia ignoraba el contexto y borraba la distinción entre palabra y referente con su noción simplista de que diferentes nombres para Dios implicaban diferentes personas.

 

Brillante, como mucha de su argumentación teológica es, Ireneo fue más efectivo, y ciertamente más entretenido, cuando recurría, como frecuentemente lo hacía, a la ironía y a la burla abierta. En un pasaje al principio del tratado, perdió la paciencia con la sistemática arbitrariedad del sistema gnóstico. Si los gnósticos pueden fabricar seres divinos ex nihilo, concluyó Ireneo, así también lo puede cualquiera. Así, el obispo de Lyons propuso el siguiente reporte del origen del mundo material: “Hay un cierto Prepoder, real, sobrepasando todo pensamiento, un poder que existía antes de cualquier otra sustancia, y que se extendía en el espacio en cualquier dirección. Pero junto con él existe un poder que yo lo llamó una Calabaza; y junto con esta Calabaza existe un poder que, nuevamente, yo denomino Abierta-Vacuidad. Estos dos, Calabaza y Vacuidad, puesto que son uno, produjeron (y sin embargo no simplemente produjeron, como para ser algo separado a ellos mismos) un fruto, visible por todas partes, comestible, y delicioso, el cual en lenguaje frutal se llama un Pepino. Junto con este Pepino existe un poder de la misma esencia, el cual una vez más yo llamo un Melón. Estos poderes, la Calabaza, la Vacuidad, el Pepino, y el Melón, dieron a luz multitud de delirantes Melones de Valentinus [un líder gnóstico].”

 

Emplear el desprecio para propósitos apologéticos pone a Ireneo en selecta compañía. Según 1 Reyes 18, Elías, durante su confrontación con los profetas de Baal en el Monte Carmelo, se burlaba mientras sus oponentes intentaban, infructuosamente, estimular a Baal a la acción. Lady Sabiduría se burla de los tontos y simples en Proverbios 8, y el Señor mismo se ríe burlonamente de las naciones que se atreven a conspirar contra Su ungido (Salmo 2:4; 59:8).

 

Ireneo y Elías estaban sobre sólido terreno tanto psicológico como teológico en su uso de la burla como arma apologética. La gente orgullosa se toma a sí misma demasiado en serio, y los herejes son generalmente gente muy orgullosa. Satanás mismo, dijo con ironía Chesterton, cayó por la fuerza de la gravedad. En lugar de sustentar la inflada auto-concepción de los herejes, la burla busca perforar la burbuja de orgullo y producir una deflación redentora. Nadie es menos probable de ser un hereje que el hombre que puede disfrutar una cordial sonrisa a sus propias expensas.

 

Enfrentados con el creciente gnosticismo en el movimiento de la Nueva Era, los apologistas contemporáneos harían bien en tomar prestada una página de Elías y de Ireneo, pues las teorías de Shirley McLaine son seguramente no menos absurdas que las de Valentinus. En una época cuando el respeto por las creencias de otros, no importa cuán necias sean, define los límites del debate aceptable, la burla apologética será sin duda puesta en ridículo como intolerante y perversa de espíritu. Eso va con el ámbito del tema conocido, y no cambia el hecho de que algunas ideas no merecen un tratamiento serio. Chesterton reflexionó en que los evangelios no revelan nada sobre la hilaridad de Jesús, pero la Escritura y la historia justifican la conclusión que al burlarnos de la locura de los tontos entramos en la risa de Dios. CM

 

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