¿Cuándo está justificada la salida de una Iglesia?
Por
Greg Loren Durand
Introducción
Dios
nos manda en Su Palabra a identificarnos públicamente con Su Pacto uniéndonos a
la Iglesia visible (institucional) (Hechos 2:46-47; Efesios 4:16) y
sometiéndonos a aquellos ancianos que han sido colocados por Él en posiciones
de autoridad (Hechos 20:28; Hebreos 13:17). Es un gran pecado permanecer fuera
de las paredes de la Iglesia visible, como hacen aquellos en el movimiento
independiente de las "iglesias hogareñas" (Hebreos 10:25). El tal es
un espíritu de anarquía que contradice la estructura jerárquica de vida que la
Biblia establece para el Cristiano (Exodo 20:12; 1 Samuel 15:23). Nuestra
negativa a someternos a la autoridad ordenada por Dios en el Cuerpo de Cristo
puede bien ser castigada de igual manera por la negativa de nuestros propios
hijos a someterse a nuestra autoridad (Isaías 3:4-5; Oseas 4:6). Es frecuente
el caso de que Dios use una variación de nuestros propios pecados para
juzgarnos por nuestra desobediencia a Su Palabra: "He aquí, el impío
concibió maldad, Se preñó de iniquidad, Y dio a luz engaño. Pozo ha cavado, y
lo ha ahondado; Y en el hoyo que hizo caerá. Su iniquidad volverá sobre su
cabeza,
Y su
agravio caerá sobre su propia coronilla." (Salmo 7:14-16)
Habiendo
dicho esto, las preguntas que podrían surgir son: ¿Son nuestros votos de
membresía pública en una iglesia irrevocables? Cuando un Cristiano se une a una
iglesia, ¿ha entrado de hecho en una relación que no puede ser disuelta a su
propia discreción?
Argumentos Incorrectos Concernientes a los Vínculos Pactales
Hay una
creencia creciente entre muchos líderes de iglesia de que los votos de membresía
de un Cristiano a su congregación local han de ser vistos en el mismo nivel del
Pacto de Gracia de Dios entre Sí mismo y Su Hijo, y a través de Su Hijo con Sus
elegidos. Igual que los elegidos están para siempre unidos a Cristo por los
vínculos pactales del Padre, así se encuentra el Cristiano individual ligado a
su congregación local. En tal perspectiva la salida es raramente, si acaso, una
opción.
El
problema con esta perspectiva es que intenta igualar los pactos hechos entre
los hombres con aquel que Dios ha establecido entre Sí mismo y Jesucristo. El
defecto fatal en esta línea de pensamiento es que mientras las dos Partes del
Pacto de Gracia (Padre e Hijo) son ambos eterna e infinitamente perfectos, las
partes en un pacto terrenal no lo son. El Padre nunca renegará de Sus promesas
al Hijo, y el Hijo nunca fallará en cumplir Sus obligaciones para con el Padre.
Sin embargo, en un pacto entre hombres tal perfección nunca puede ser
alcanzada. Los hombres mortales, aún aquellos que han sido regenerados por el
Espíritu de Dios, son necesariamente propensos a fallar en el cumplimiento de
sus obligaciones. Es probable que, ya sea una parte o la otra, en algún punto
del tiempo viole los términos del pacto, haciéndolo por consiguiente nulo e
inválido. Por lo tanto, esperar un pacto infalible entre hombres falibles es
demostrar enorme ignorancia sobre la naturaleza caída del hombre.
Otra
perspectiva que está ganando popularidad en muchos círculos Cristianos es que
los votos de membresía de uno son tan obligatorios como lo son sus votos
matrimoniales. Se alega que como Dios odia el divorcio Él también odia la
separación de la congregación a la cual nos hemos unido.
Una vez
más, la superficialidad de esta posición es demostrada fácilmente. Aunque la
Escritura declara en muchas lugares que un hombre y una mujer se vuelven
"una sola carne" (Mateo 19:6a; Efesios 5:31) por medio del
matrimonio, y "por tanto, lo que Dios unió que no lo separe el
hombre" (Mateo 19:6b), tal analogía es gravemente forzada cuando es aplicada
a la membresía en la iglesia. La relación matrimonial entre el hombre y su
esposa es tanto espiritual como física; están íntimamente ligados el uno con el
otro no solamente en un nivel emocional, sino también en un nivel sexual. Es
por esta razón que la unión matrimonial no ha de romperse, excepto en casos de
adulterio (Mateo 19:8) o deserción (1 Corintios 7:15).
Aunque
hay algunas similaridades, la relación que un Cristiano disfruta con su
congregación local nunca alcanza la intimidad de la relación matrinonial, ni
está diseñada para eso. Lo que es más, uno de los propósitos primarios de la
unión del hombre con su esposa es la propagación de la "descendencia para
Dios" (Malaquías 2:15). Es responsabilidad del esposo-padre supervisar la
instrucción espiritual y "terrenal" de sus hijos. La Iglesia local no
es sino uno de los medios por los cuales esta responsabilidad es cumplida. La
iglesia local no propaga la familia; existe para el crecimiento espiritual y el
bienestar de la familia.
La
Biblia no dice nada acerca de nuestro matrimonio, como Cristianos individuales,
con una congregación local, pero ciertamente tiene mucho que decir acerca del
matrimonio de la Iglesia invisible (los elegidos) con Cristo (Efesios 5:23-27;
Apocalipsis 21:2). Como en la perspectiva previa, este argumento que la
membresía de la iglesia se iguala con el matrimonio también sufre del error de
intentar comparar "las manzanas con las naranjas."
La Importancia de la Renovación Pactal
Habiendo
pues establecido que la membresía de la iglesia es un pacto disoluble que es
hecho entre partes falibles (el Cristiano individual y el pastor y los
ancianos), ¿estamos así declarando que tal pacto puede ser livianamente hecho a
un lado? De ninguna manera. Aunque es claro que un pacto es nulificado en el
mismo momento en que sus términos son violados por una de las partes, tal cosa
no excluye una renovación pactal entre las partes separadas. Dentro de la
Iglesia visible tal renovación es realizada por medio del arrepentimiento y el
perdón. Es responsabilidad de los Cristianos proveer tiempo para el
arrepentimiento por parte del ofensor, siendo la cantidad de tiempo determinada
por la naturaleza de la ofensa. Sin embargo, la separación inmediata de un
hermano que ha errado no es ni afín con la naturaleza de Cristo ni útil para su
bienestar espiritual (Santiago 5:19-20). Nuestra meta última en cualquier
desacuerdo es la restauración del compañerismo, o una renovación del pacto.
Solo después de mucho esfuerzo y oración de nuestra parte debiésemos considerar
tal renovación como sin esperanza y abandonarla completamente. Aunque algunas
veces es necesario tomar tal senda (1 Corintios 5:9-11) siempre debiéramos
evaluar cuidadosamente de antemano la rectitud de nuestras acciones, y buscar
el consejo de otros hermanos piadosos en la Fe (Proverbios 11:14).
A los
ancianos de una iglesia Cristiana les han sido dadas las "llaves del reino
de los cielos" (Mateo 16:19), que incluyen el poder de la excomunión. Son
comisionados por Cristo como Sus representantes para exhortar al miembro que ha
pecado que se arrepienta y que renueve su pacto con la Iglesia visible. Sin sus
esfuerzos resultan infructuosos han de quitar su nombre de la membresía de la
iglesia local y a partir de ese momento mirarle como un no-creyente fuera del
Cuerpo de Cristo.
Sin
embargo, la Escritura es clara en que la excomunión no es algo que se ejerce
solo contra miembros de la iglesia que han pecado. Cuando los mismos líderes de
una iglesia son culpables de pecados por los cuales no se han arrepentido y han
caído colectivamente en apostasía, han, en esencia, excomulgado del Cuerpo de
Cristo a la iglesia que lideran. El miembro de tal iglesia no se encuentra bajo
ningún mandato bíblico de permanecer allí, a pesar de las declaraciones que
ellos hagan de tener autoridad sobre él, y, de hecho, DEBE salir si ha de
permanecer fiel a Cristo (2 Corintios 6:17; 2 Timoteo 3:5; Apocalipsis 18:4).
Tal fue la posición de los Reformadores del siglo dieciséis, quienes no
permanecieron dentro de la iglesia Católica Romana, buscando a lo largo de
muchos años de esfuerzo reformarla, pero quienes, sin excepción, la evadieron
como la "apariencia de Babilonia en lugar de la santa ciudad de Dios."[1] Podemos, en nuestra salida de tal iglesia,
ser denunciados por sus líderes como cismáticos, pero nunca olvidemos que el
vitupero del malvado es la aprobación de nuestro Señor (Mateo 5:11-12).
El
Puritano Peter Vinke ofreció una perspectiva valiosa en este asunto cuando
escribió:
Dios
nunca ha requerido de nosotros que nos unamos con cualquier persona o iglesia
en sus pecados; mucho menos que debamos pecar con el propósito de poder obtener
la salvación de Su mano. La norma de Dios es que no debiésemos "hacer
males para que vengan bienes" (Romanos 3:8). Y si no fuese la comunión con
la iglesia de ellos tan útil, pero si no puede tenerse a menos que se peque,
entonces es mejor no tenerla de todo. Si los términos y condiciones para la
comunión con ellos tienen cualquier cosa que ver con el pecado en ellos, mejor
les hubiera sido decirnos que debiésemos volar en el aire, o contar las arenas
de las playas; y en caso que no lo hagamos, de manera que no nos recibiesen en
su comunión, o que, estando dentro, nos echaran. Pues tales cosas como son
moralmente imposibles (como un asentimiento a cualquier error, o un
consentimiento a cualquier falsa adoración), son tan irrazonablemente requeridas
de nosotros, como cualquier otra cosa que es naturalmente imposible pudiera ser
alguna vez. Y si por esta consideración ocurriera una escisión para ellos, la
falta está en ellos que requieren tales cosas de nosotros; pues, siendo
contrarias a la mente y voluntad de Dios, no pueden ser realizadas por
nosotros. Nosotros, siendo inocentes, mejor dicho, encomiables en la paciencia
hacia ellos (como la persona inocente en el caso de un divorcio), necesitamos
ser libres.
Es
necesario algunas veces salir de una iglesia visible. Lo que es más: puede ser
necesario el creer y el actuar directamente contrario a la autoridad de esa
presente iglesia, si hemos de permanecer fieles a Dios...[2]
El peso
de la responsabilidad sobre los hombros de los varones Cristianos es muy
grande. Como las cabezas pactales de nuestros hogares Dios nos tiene como
directamente responsables por la crianza espiritual de nuestros hijos y por el
bienestar espiritual de nuestras familias. Por tanto, nos incumbe totalmente
asegurarnos que la iglesia a la cual nos unimos como miembros sea una iglesia
Bíblica y que su pastor y sus ancianos están buscando diligentemente obedecer
la Palabra de Dios, no solamente en sus roles de liderazgo, sino también en sus
vidas individuales. No es equivocado, o quisquillosidad, evaluar a estos
hombres en términos de sus propios votos al Cuerpo de Cristo, lo mismo que
ellos han de evaluarnos a nosotros por los nuestros propios. De hecho, el
cerrar nuestros ojos al error y consentir con el pecado abierto entre los
líderes de nuestra iglesia es traer el juicio de Dios sobre nuestras propias
cabezas. Uno de los primeros signos de este juicio contra nosotros es una falta
de interés por pureza en la doctrina o práctica eclesiástica. Es así como
comienza la apostasía personal, y nuestros hijos serán los que sufran en última
instancia por nuestra complacencia (Éxodo 20:5b).
Conclusión
La
decisión de salir de una iglesia es - a menudo - una decisión muy difícil. Las
amistades y otros nexos fuertes pueden hacer nuestra partida emocionalmente
irritante. Otra vez, tal decisión nunca debiese ser hecha "por puro
capricho", sino solo después de haber considerado cuidadosamente la
situación a la luz de la Escritura y el consejo de otros Cristianos maduros.
Mantengamos siempre en mente que aún la más pura de las iglesias está sujeta a
error, tal cosa es inevitable puesto que tal iglesia está conformada por
hombres falibles, incluidos nosotros mismos. Cerremos con las siguientes
palabras de Juan Calvino:
...
"es decir, que donde permanece este ministerio [el de la Palabra del
Señor] en su integridad, allí hay iglesia; y por tanto, que no deja de llamarse
Iglesia porque existan algunos vicios y faltas en las costumbres. Además que
este ministerio no deja de ser legítimo por verse manchado con ligeras faltas.
Hemos
demostrado también que los errores que deben perdonarse son los que no
destruyen ninguno de los principales puntos de la religión Cristiana, ni van
contra los artículos de la fe, en los cuales deben convenir y no discrepar
todos los fieles.
En
cuanto a los sacramentos, deben sobrellevarse las faltas que o menoscaban ni
deshacen la institución del Señor.
Donde la mentira destruye los puntos fundamentales de la doctrina Cristiana, no hay Iglesia. Mas, si sucede que la mentira acomete los principales puntos de la doctrina, y destruye lo que es necesario entender de los sacramentos, hasta tal punto que no sirva de nada el usarlos, sobreviene entonces, sin duda, la ruina de la iglesia, lo mismo que sucede al hombre que le han cortado la garganta o le hieren el corazón...[3]