¿Individuos o Instituciones?
Por Rev. Donald Herrera Terán
El Dr. Kenneth Gentry Jr., usa como
subtítulo de su libro The Greatness of the Great Comission la
siguiente frase: “Salvar almas, no culturas”.
Y es que en cierto sentido esa frase resume
el slogan de muchos creyentes de hoy. Su entendimiento de la tarea
evangelizadora y discipuladora de la iglesia está orientado principalmente a
los individuos.
Sin embargo, ¿es correcto ese tipo de
pensamiento? ¿Está apoyado ese concepto en una sólida exégesis Bíblica? El
propósito de este número de Reino y Visión es mostrar que el alcance
de la Gran Comisión si bien inicia con los individuos, tiene alcances
hasta la intrincada trama de relaciones de diferente índole que estos
individuos sostienen.
En Mateo 28:18-20, donde se cita el
mandamiento de Jesús que hoy conocemos como La Gran Comisión,
el Señor envía a sus discípulos a “hacer discípulos a las naciones”. La
palabra original Griega para “naciones” es la palabra ethnos (eqvno").
La palabra ethnos era una palabra
común en el idioma Griego de los tiempos antiguos. Los etimologistas están de
acuerdo en que esta palabra se derivaba de otra palabra Griega, ethos,
que significa “masa”, “horda” o “multitud de personas unidas por las mismas
costumbres, formas y otras características distintivas”.[1]
Esta última palabra, a su vez, es derivada del Sanscrito svadha, que
significa “hábito.[2] Por lo
tanto, ethos involucra “un cuerpo de personas viviendo de acuerdo a una
costumbre o norma.”[3] De hecho, la
misma palabra ethos se encuentra en el Nuevo Testamento y significa
“algo que se suele hacer, hábito o costumbre.” (Véase Lucas 22:39 y Hechos
25:16).
Hagamos
un poco más de investigación acerca de la palabra específica que se encuentra en
la Gran
Comisión para que no nos quede ninguna duda. El lexicógrafo del
Griego Joseph Thayer presenta una lista de aplicaciones del término ethnos:
(1) “Una multitud... asociada o viviendo junta”, (2) “Una multitud de
individuos de la misma naturaleza o género”, (3) “Raza o nación”, (4) “Naciones
extranjeras que no adoran al verdadero Dios; paganos, Gentiles”, (5)
“Cristianos Gentiles”.[4]
Por
lo tanto, el término ethnos habla no de individuos como tales, sino de colectividades,
individuos viviendo juntos, unidos, por un nexo común, como en una
cultura, sociedad o nación. El estudiante cuidadoso del Nuevo Testamento hará
bien en consultar los diferentes usos de la palabra ethnos (y sus
derivadas).
Jesús,
entonces, no dice a sus discípulos “discipulen a los individuos” (si bien
es cierto que los ethnos están conformados por individuos). Los
individuos como tales son el punto de partida y de contacto con un ethnos.
Esto queda confirmado por el hecho de que estos individuos son bautizados y
enseñados.
Lo que no debemos perder de vista es que el ethnos está considerado como
siguiendo al proceso de discipular individuos.
Un
ejemplo sencillo de esto es cuando discipulamos a un hombre casado. ¿Nos
limitados a decirle que mantenga una buena relación con el Señor? Por supuesto
que no. También le enseñamos a poner por obra los mandamientos del Señor
relacionados con la manera como se relaciona con su esposa, con sus hijos y con
el resto de su familia. Es decir, comenzamos a tratar con esa persona en
relación con otras personas. El mensaje del Evangelio está llegando a la cultura
familiar en la que ese hombre casado se desenvuelve.
Así
que, si bien comenzamos discipulando al individuo, los alcances de ese
discipulado comienzan a afectar para bien a los demás miembros de una sociedad
llamada familia. El mismo ejemplo se podría aplicar a un hombre en sus
relaciones de trabajo, o en relación con sus vecinos, o con sus socios de
negocios o con los otros ciudadanos de un estado o nación.
No
existen dos éticas distintas en la Palabra de Dios: Una para los individuos y
otra para los conglomerados de individuos o ethnos. Un solo estándar
moral Bíblico es aplicable tanto al individuo como a la sociedad como una
unidad.
Lo
que es malo para un individuo es malo también para su familia, para su
comunidad y para su nación. Lo que es malo para una sociedad lo es también para
sus miembros en particular.
Cuando
aún éramos enemigos de Dios, ¿no afectaba nuestra condición delante de Dios a
nuestras familias, nuestros trabajos y la manera como pensábamos con respecto a
la nación? Nuestro pecado no era algo privado que solamente nos estaba
afectando a nosotros. ¡Todos los que estaban a nuestro alrededor también eran
afectados! El pecado, entonces, si bien reside en el corazón de los individuos,
afecta sus relaciones como conglomerado de individuos. Es decir, como sociedad.
La
salvación que Cristo ha realizado en nuestras vidas, ¿no afecta para bien a los
que están a nuestro alrededor y con quienes tenemos relaciones por vínculos
comunes? Si bien la salvación es una realidad personal afecta nuestras
relaciones con el resto de individuos del conglomerado social.
Podemos
sostener que creemos únicamente en que el trabajo de la Gran Comisión
está orientado hacia los individuos. ¿Cómo haremos para aislar a quienes están
conociendo la verdad del Evangelio de los demás seres humanos? ¿No se da cuenta
el individuo de su necesidad de redención por la manera como su condición de
pecado delante de Dios afecta a los miembros de su familia y comunidad? ¿No
sirve, más bien, el hecho de ser seres comunitarios para empujarnos a la
realidad de nuestra necesidad de redención?
Los
mandamientos de la Ley de Dios poseen también una clara orientación colectiva.
Son mandamientos que son cumplidos en relación con otros seres humanos:
No codiciarás... la mujer de tu prójimo; no mintáis... los unos a los otros; no
levantarás falso testimonio... contra tu prójimo; trabaje con sus manos... para
compartir con el que tiene necesidad.
Toda
ley tiene como propósito crear un orden social, una cultura. En la cultura del
Reino de Dios el vínculo o nexo que mantiene unidos a los hombres es Dios
mismo. El Nuevo Testamento lo dice así: SOMOS MIEMBROS LOS UNOS DE LOS OTROS
(Efe. 4:25). ¿Qué hace a una cultura ser lo que es? El nexo que una a los
componentes individuales de esa cultura. A los borrachos les une el licor. Ese
es su nexo. Así crean una cultura del borracho (con sus símbolos, sus
expresiones de lenguaje, sus “costumbres”, etc.).
Jesús
también dijo: “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su
sabor, ¿con qué será salada? No vale más para nada, sino para ser echada fuera
y ser pisoteada por los hombres.” (Mateo 5:13). No somos la sal de la
Iglesia, sino la sal de la tierra. La sal es definitivamente distinta de la
tierra, pero la afecta.
Tampoco
somos simplemente la luz de nosotros mismos. Jesús dijo: “Vosotros sois la luz
del mundo. Una ciudad asentada sobre un monte no puede ser escondida.” (Mateo
5:14). ¡Es imposible ocultar los frutos del Evangelio en nuestras vidas! Los
frutos comenzarán siendo personales, pero hablarán a oros de una
Fe superior, completa, perfecta y total. El Autor y Consumador de esa Fe es
Cristo Jesús.
Por
último, recordemos la finalidad de la enseñanza de Jesús al decir que somos la
luz del mundo: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, de modo
que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los
cielos.” (Mateo 5:16).
El
mensaje del Evangelio del Reino es un mensaje que declara la responsabilidad
del creyente de responder a todo el mensaje de Dios. Así que, en última
instancia tendré que preguntarme: “¿Quiero yo crecer en responsabilidad? o
¿dejaremos que el mundo siga creyendo que son ellos quienes tienen la
responsabilidad de edificar una civilización que honre a Dios?
¿Para
qué molestarme con la educación? Que las escuelas públicas hagan su trabajo.
Para eso pago mis impuestos. ¿Qué están enseñando humanismo secular? ¿Y qué? Mi
hijo hace sus oraciones y va a la Escuela Dominical.
Si
piensas así... ¡avívate! Porque tu luz se está apagando rápidamente. Y avívate
pronto, antes que tu candelero sea movido de su lugar. El que tiene oídos para
oír, oiga.
Este
artículo se publicó originalmente en Reino y Visión Vol. 1, Edición 1,
Nº 6. Junio, 1998.
[1] Karl Ludwing Schmidth, “ethnos”, en
Gerhard Kittle, ed., Theological Dictionary of the New Testament, 10
vols., traducción de Geoffrey W. Bromiley (Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans,
1964).
[2] Robert K. Barnhart, The Barnhart Dictionary
of Etimology (Bronx, NY: H. W. Wilson, 1988) p. 345.
[3] Richard Chevenix Trench, Synonyms of the
New Testament (9th ed.: Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans, 1969
[1880]) p. 368.
[4] Joseph Henry Thayer, A Greek – English
Lexicon of the New Testament (New York: American Book Co., 1889), p. 168.