PAN CELESTIAL
Por Dudley Hall
" Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis." Juan 4:32
Jesús y sus discípulos se habían detenido junto al pozo que Jacob había excavado cientos de años antes. Los discípulos habían ido al pueblo mientras él se quedaba junto al pozo. Allí conoció a una mujer Samaritana, y él le ofreció agua celestial. Después de algo de discusión ella sospechó que él era especial y especuló que era un profeta. Él se reveló a sí mismo a ella como el mesías largamente esperado. Le había dicho que la espera había terminado y que una nueva era había amanecido. Las discusiones teológicas ya no serían más acerca de "dónde" debiera ser el lugar de adoración. Ahora era acerca de la verdad y el Espíritu. Cualquiera en cualquier lugar puede adorar al verdadero Dios si le reconocen en el Hijo y confían en Él por el poder del Espíritu.
Cuando los discípulos regresan le ofrecen la comida que habían traído, pero Jesús tiene su enfoque en otras realidades. Estaba tan satisfecho en hacer lo que el Padre le había enviado a hacer; que esto se desbordó en sus apetitos naturales. El hambre había sido saciada por la condición de inmediato del reino que él traía. "La hora viene y ahora es..." le había dicho a la mujer. Ahora les habla a los discípulos de manera similar. "¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega. El hambre que había persistido desde la promesa de Dios a Abraham estaba ahora siendo satisfecha. El reino acerca del cual habló Daniel ahora se encuentra en la tierra. No había tiempo que perder. No había necesidad de más discusión teológica, e incluso el pan recién horneado y el pescado asado no eran tan apetitosos. Este era un nuevo día y debía ser reconocido como tal.
Quizás el hambre que sentimos roer en el centro de nuestro ser pudiese ser satisfecha si miráramos el "ahora" de Jesús. Nos vemos fácilmente distraídos por los varios bocados tentadores de la excitación terrenal. Con demasiada facilidad dejamos para mañana la esperanza de encontrar a Dios hoy. Quizás una pieza del pan celestial satisfaría esa hambre. Es pan de obediencia al llamado de Dios. El hacer lo que hemos sido enviados a hacer satisface. Es el pan de la confianza inmediata. La esperanza se vuelve a la fe cuando Jesús nos habla un mandamiento. Esta fe no es algún disparo en la oscuridad. Más bien es un acto que responde a la palabra de Cristo a nosotros. Es el pan de ver vidas quebrantadas reparadas y a los perdidos, encontrados. ¡Señor, dános de este pan!